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Los inmortales

Alberto Cortez

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Entre los quince y los treinta y cinco uno se piensa que es inmortal,

que anda la parca dando servicio entre la gente de más edad.

Uno rechaza todas las reglas, las viejas normas de urbanidad,

que se las metan donde les quepan, los que las mandan a respetar.

Que no hace falta guardar el grano, en todo caso Dios proveerá.

Es preferible ser un fulano, que un buen patrón de formalidad…

Que es preferible ser un fulano, que un buen patrón de formalidad.



Parece broma pero va en serio: de tantos cándidos inmortales,

están poblados los cementerios y saturados los hospitales.



Es necesario probar de todo porque el saber no ocupa lugar,

si es peligroso de cualquier modo, por una vez nada pasará.

A uno le queman las energías, los ideales y el corazón

y es paladín de las utopías, un Don Quijote de la razón.

Cada momento es un desafío: quién puede menos y quién da más…

Grande o pequeño, caliento o frío, de dónde venga y a dónde va…

Grande o pequeño, caliento o frío, de dónde venga y a dónde va…



Parece broma pero va en serio: de tantos cándidos inmortales,

están poblados los cementerios y saturados los hospitales.



Cuando uno pasa los treinta y cinco es una torpe temeridad,

andar en moto haciendo el indio, a toda leche por la ciudad.

Uno se vuelve más precavido, más aferrado a la sensatez,

ya no resulta tan divertido dar cabezazos en la pared.

Uno se pone el paracaídas y le echa llaves al corazón

y abre la puerta de bienvenida a los chantajes de la razón…

y abre las puertas de bienvenida a los chantajes de la razón.



Parece broma pero va en serio: de tantos cándidos inmortales,

están poblados los cementerios y saturados los hospitales.



Y cuando llegan los muchos cincos y anda la parca en la vecindad,

uno quisiera pegar un brinco para volver a ser inmortal,

recuperar aquella frescura tan parecida a la libertad,

echar abajo las estructuras para volverlas a levantar.

Pero la vida, cómo es la vida, siempre nos vuelve a la realidad:

Siga la flecha hacia la salida, que está prohibido volver atrás…

Siga la flecha hacia la salida, que está prohibido volver atrás…



Parece broma pero va en serio: de tantos cándidos inmortales,

están poblados los cementerios y saturados los hospitales.


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